viernes, 8 de abril de 2016

El padre Juan: El gran iluminador de almas (primera parte)

"Padre Juan Barrio Herrera, iniciador de la obra del templo de San Benito, en Río Gallegos"
En Castroserna

Yo nací en 1927 en Castroserna de Abajo, en la provincia de Segovia, España, un pueblecito con un hermoso río que baja de la montaña y permite una abundante vegetación. Este dista unos ochenta kilómetros de Madrid, pero en esa época parecía lejísimos porque no había vehículos salvo que se tomara un ómnibus que demoraba bastante.
Mis padres fueron Juan Barrio y Joaquina Herrero y mis hermanos: Manuel, Rufino y Joaquina. Mi familia vivía del campo donde se cultivaba toda clase de cereales y vivíamos realmente bien. Mi madre ejerció el magisterio desde los diecisiete años y fue la única maestra que tuve de pequeño. Ella tenía dos hermanos que también eran maestros. Una prima mía era Elvira-hija de tío Luis-que fue de las Hermanas Agustinas.
Mi madre fue maestra por más de cincuenta años y se jubiló recién cuando cumplió los setenta. Era una escuela mixta porque los pueblos allí eran pequeños.
Mis abuelos paternos eran tres hermanos Barrio casados con tres hermanas González y vivían las tres familias vecinas con el mismo patio donde correteaban las gallinas y los pollos. Mi padre además tenía comercio.
Mi casa era de piedra, sencilla, construida por los constructores vecinos, las calles de tierra o piedra. Hay muchas cuevas y una ermita dedicada a la Virgen de los Remedios.
Allí viví hasta los once años que fue cuando ingresé en el Seminario Diocesano de Segovia. Había pensado en algún día ser un sacerdote, mis padres me apoyaron y con mucho sacrificio monetario me dejaron ir al seminario. Había terminado la Guerra Civil Española y la situación no era buena.
Es que nosotros estábamos en el límite del frente y esta es una historia muy difícil de contar. En 1936 empezó la guerra. Yo tenía apenas diez años y estaba muy asustado. Teníamos mucho miedo, escuchábamos los aviones y los bombardeos.
Había que llevar los animales al frente de combate para colaborar con los soldados porque de lo contrario venían a las casas y sin pedir permiso se llevaban las vacas y las ovejas, y con un burrito de noche, cuando no nos vieran, salíamos a buscar leña para llevarles al frente porque en invierno hacía mucho frío.
En esos años pasamos hambre y muchas privaciones. En la casa se trataba de esconder algo de comida para que no se llevaran todo. Hay cosas de la guerra que es mejor ni contarlas. Murieron vecinos y amigos nuestros. En el pueblo no hubo daños salvo el sufrimiento por los muchachos que no volvieron. Eso fue muy triste. Una vez que terminó la guerra civil, España pasaría muchos años más de hambre.

Juan maestro

Mi familia me acompañó a Segovia donde quedé pupilo. Es que sentía deseos como siente un buen cristiano, teniendo la gracia de Dios de nuestro bautismo en nuestra alma que nos invita a vivir en comunión, con esa gran familia que es la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
En el seminario recibí una formación que sentí con mucha alegría, aunque todavía como un niño porque no comprendía muy bien de qué se trataba.
Un año después mi madre se trasladó como maestra a un pueblo de la provincia de Avila, entonces decidí dejar el seminario y estudiar magisterio como mi ella.
En 1948 me recibí de maestro en la Escuela Normal de Magisterio en Avila y empecé a ejercer en 1950.
En ese momento tenía que determinarme a formar una familia, sin embargo mi corazón seguía muy inclinado y piadoso, a mi manera, cerca de los curas y yendo a misa, es decir que me tiraban mucho las cosas de la Iglesia.
Mientras tanto en Victoria crearon una escuela para gitanos. Esta era la segunda porque la primera fue hecha en Zaragoza. El Consejo Provincial de Educación me propuso ser maestro de los gitanos. Me daba mucha ilusión el fin de ver una forma nueva de vivir. Había además religiosas que atendían a los chicos gitanos. Me iba con ellos a sus asentamientos adonde me invitaban y tenía algo de miedo de que me ofrecieran de almorzar, sin embargo me encontré con que cocinaban estupendo.

El seminario

En ese entonces todavía sentía el deseo de algo que no llegaba a descubrir y la idea de ser sacerdote rondaba en mi cabeza cada vez más, pero tenía veintinueve años y normalmente los seminaristas empezaban a los doce o catorce años y a los veintidós o veintitrés cantaban su primera misa.
Un día me decidí y llamé por teléfono desde mi escuelita de gitanos al rector del Seminario a quien conocía de vista y le dije que me gustaría tener una entrevista porque tenía una pequeña inquietud: “Te espero en el confesionario de la catedral el día…” y allí nos encontramos y le conté toda mi vida como si fuera una confesión general.
Me dijo que al seminario también ingresaban mayores y que tenían cursos intensivos, uno era de latín.
Mi preocupación era cómo iba a ser todo eso …cómo pagaría la pensión de cuatro mil pesetas al año si dejaba mi empleo como maestro. Por fortuna tenía amistades. Entre quienes habían fundado la escuela de gitanos había laicos comprometidos, personas muy pudientes, que cuando se enteraron de que me iba al seminario me dijeron: “No te preocupes. Todos los gastos que tengas nosotros te los vamos a pagar”. Esto me alentó sobremanera.
El obispo de Victoria era Francisco Vallabrígara, un aragonés de Zaragoza que me recibió con mucho cariño. Un día el rector del seminario me contó que el obispo le había dicho que no me pusieran ninguna dificultad y que me ayudaran a ser sacerdote.   
En el seminario de Victoria había setecientos seminaristas y después crearon las diócesis de Bilbao y de San Sebastián. En Vizcaya, Gipuzcua y Avila ahora tenían cientos de seminaristas.
Mi madre quedó impresionada con la noticia: “¡Cómo! …¡A tus años! …¿ahora? …¿y cómo te vas a defender?” y le dije que tenía gente buena que me ayudaría y que además me pondría en las manos de Dios y que veríamos lo que sucedería.

La ordenación

Me ordené sacerdote diocesano el 15 de julio de 1963 en la Casa Provincial de los Jesuitas de calle Maldonado y allí no conocía a ninguno de los ordenandos ni al obispo siquiera. Y canté mi primera misa en Segovia al día siguiente, el 16 de julio de 1963, Día de la Virgen del Carmen, en el santuario de la patrona de Segovia “Nuestra Señora de la Fuentisla”. Mi madre y buena parte de mi familia estaba presente.
El obispo de Victoria quería que yo fuera el sacerdote de los gitanos, pero me costó mucho encardenarme en la provincia de Vascongada ...son buenísimos, pero son distintos y pensé que no iba a poder desarrollar plenamente mi sacerdocio, entonces decidí irme a mi diócesis de Segovia porque pensé que estaría más normal y podría desarrollarme y trabajar con más naturalidad.
En Victoria se llevaron una gran desilusión tras enterarse de que me marchaba. Me fui entonces a mi diócesis. Me encardené allí y me dieron el pueblo de Cuella con catorce parroquias donde permanecí dos años. Yo la gocé allí porque había tres o cuatro religiosas, dos concepcionistas de vida de clausura y contemplativa y dos franciscanas de vida activa. Unas atendían el colegio y las otras el hospital. Yo era uno de los vicarios. Me levantaba con entusiasmo a las seis de la mañana a tocar el Ave María con las campanas.
Más adelante me trasladaron a un pueblecito, Otero, muy cerca del Valle de los Caídos y del Escorial, donde tienen la ermita de la Virgen de Ladrada, decían que la vio un pastor porque empezó a ladrar su perro.
Un día me enteré que pasaba un sacerdote que buscaba vocaciones para los salesianos y le mandé catorce muchachos a su seminario, algunos llegaron a ser sacerdotes.
En ese momento sentí que este pueblito me quedaba chico y le pregunté al salesiano cómo había que hacer para llegar a algún sitio que tenga necesidad aunque fuera el último del mundo donde nadie quiera ir. Me dijo: “Mira …pues hay dos diócesis en la Argentina que son Río Gallegos y Neuquén”, entonces escribí a los dos obispos: a monseñor Nevares de Neuquén y monseñor Magliano de Río Gallegos que casualmente estaban en el Concilio Vaticano Segundo.
Me contestaron ambos cartas muy atentas. El de Río Gallegos me escribió: “No tenemos ningún sacerdote diocesano. Será el primero. Se acaba de fundar esta diócesis”. Otro día me escribió diciéndome que iba a conocer mi parroquia porque le había dado buena impresión y tenía mucha necesidad de contar con un colaborador, pero yo no quería irme solo y le ofrecí al padre Felicísimo Gómez que también se decidió a acompañarme.

Hacia la Argentina

Me marché de Otero sin decirle adiós a nadie. El 4 de octubre de 1966-Día de San Francisco-llegamos en barco a Buenos Aires donde nos recibieron los salesianos que nos llevaron a recorrer la ciudad y la Basílica de Luján. Eramos los primeros curas de clero diocesano.
El 12 de octubre viajamos en avión a Río Gallegos ... Me reía porque decíamos: “¡Como Cristóbal Colón!”, pero a la conquista de la Patagonia.
Al día siguiente monseñor Magliano nos recibió en su despacho del Obispado. Nosotros preguntamos dónde teníamos nuestra parroquia y nos respondió: “La diócesis es su parroquia …nosotros no sabemos nada de parroquias porque faltan sacerdotes para atender a tantos jóvenes y colegios que tenemos. Hacer lo que quieran” y enseguida nos fuimos con Felicísimo a recorrer los barrios del pueblo y nos llamaba la atención lo pobre que estaban.

(El padre Felicísimo Gómez fue quien levantó la iglesia y la parroquia San Vicente de Paul).

Artículo publicado por Pablo Gustavo Beecher, en el diario La Opinión Austral de Río Gallegos.

Otra publicación: "Adiós a un verdadero misionero"


martes, 5 de abril de 2016

Bendición de San Benito

-Señor, escucha mi oración
-Y llegue a tí mi clamor

Oremos:

Dios omnipotente, dador de todos los bienes, te suplicamos humildemente que por la intercesión de nuestro Padre San Benito, infundas tu bendición sobre esta sagrada medalla, a fin de que quien la lleve, dedicándose a las buenas obras, merezca conseguir la salud del alma y del cuerpo, la gracia de la santificación, y todas la indulgencias que se nos otorgan, y que por la ayuda de tu misericordia se esfuerce en evitar la acechanzas y engaños del diablo, y merezca aparecer santo y limpio en tu presencia.
Te lo pedimos por Cristo, nuestro Señor. Amén.

Medalla de San Benito, historia y significado

Desde hace siglos, muchos cristianos han usado la medalla del famoso exorcista San Benito en la lucha espiritual contra las fuerzas del mal.
El origen de la Medalla es incierto, pero se usó desde muy antiguo. 
En el S. XVII, durante  un juicio de brujería en Alemania, unas mujeres acusadas testificaron que no tenían poder sobre la Abadía de Metten porque estaba bajo la  protección de la cruz.
Cuando se investigó, se hallaron en las paredes del recinto varias cruces pintadas rodeadas por las letras que se encuentran ahora en las medallas. Más adelante se encontró un pergamino con la imagen de San Benito y las palabras completas de las letras.
La Medalla, como se le conoce ahora, es la del jubileo que se emitió en 1880 por el décimo cuarto centenario del nacimiento del Santo y lanzada exclusivamente por el Superior Abad de Monte Cassino.
Con ella se puede obtener la indulgencia plenaria en la Fiesta de San Benito (11 de julio), siguiendo las condiciones habituales que manda la Iglesia (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Sumo Pontífice).

Explicación del anverso

En las antiguas medallas aparece, rodeando la figura del santo, este texto latino en frase entera: Eius in óbitu nostro preséntia muniámur. "Que a la hora de nuestra muerte, nos proteja tu presencia".
En las medallas actuales, frecuentemente desaparece la frase que es sustituida por esta: Crux Sancti Patris Benedicti, o todavía, más simplemente, por la inscripción: Sanctus Benedictus.
Explicación del reverso

En cada uno de los cuatro lados de la cruz: C. S. P. B. Crux Sancti Patris Benedicti. Cruz del Santo Padre Benito
En el palo vertical de la cruz: C. S. S. M. L. Crux Sácra Sit Mihi Lux. Que la Santa Cruz sea mi luz
En el palo horizontal de la cruz: N. D. S. M. D. Non Dráco Sit Mihi Dux. Que el demonio no sea mi jefe
Empezando por la parte superior, en el sentido del reloj: V. R. S. Vade Retro Satána. Aléjate Satanás - N. S. M. V. Non Suáde Mihi Vána. No me aconsejes cosas vanas - S. M. Q. L. Sunt Mála Quae Libas. Es malo lo que me ofreces - I. V. B. ípse Venéna Bíbas. Bebe tú mismo tu veneno

En la parte superior, encima de la cruz suele aparecer unas veces la palabra PAX y en las más antiguas IESUS.

Breve biografía de San Benito

Benito de Nursia (Nursia, 480-Montecasino, 21 de marzo de 547) fue un religioso cristiano, considerado el iniciador de la vida monástica en Occidente. Fundó la orden de los benedictinos cuyo fin era establecer monasterios basados en la autarquía, es decir, autosuficientes; comúnmente estaban organizados en torno a la iglesia de planta basilical y el claustro. Es considerado patrón de Europa y patriarca del monacato occidental. Benito escribió una regla para sus monjes que fue llamada "La Santa Regla" que ha sido inspiración para muchas de las de otras comunidades religiosas.
A Benito se le representa habitualmente con el libro de la Regla, una copa rota, y un cuervo con un trozo de pan en el pico, en memoria del pan envenenado que recibió Benito de un sacerdote de la región de Subiaco que le envidiaba.
Algunos creyentes invocan a Benito para protegerse contra las picaduras de las ortigas, el veneno, la erisipela, la fiebre y las tentaciones.
Es patrono de los archiveros, agricultores, ingenieros, curtidores, moribundos, granjeros, de la villa Heerdt cerca de Düsseldorf en Alemania, de enfermedades inflamatorias, de los arquitectos italianos, de Monreal del Llano en Cuenca (España), de los que padecen enfermedades de riñón, de los monjes, de la villa de Nursia (su ciudad natal), de Italia, de los religiosos (entiéndase pertenecientes a congregaciones religiosas), de los escolares, de los criados, de los espeleólogos.
Las reliquias de Benito están conservadas en la cripta de la abadía de Saint-Benoît-sur-Loire (Fleury), cercana a Orleans y de Germigny-des-Prés, donde se encuentra una iglesia carolingia, en el centro de Francia. También se encuentra un hueso del cráneo de San Benito en Monreal del Llano en Cuenca (España).

La Regla de San Benito

La regla benedictina es una regla monástica que Benito de Nursia escribió a principios del siglo VI destinada a los monjes. Cuando le destinaron al norte de Italia como abad de un grupo de monjes, éstos no aceptaron la Regla y además hubo entre ellos un conato de conspiración para envenenarle. Benito se trasladó entonces al monte Cassino, al noroeste de Mongolos, donde fundó el monasterio que sería conocido más tarde como Montecassino. Allí le siguieron algunos jóvenes, formando una comunidad que acató y siguió la Regla, conocida por las generaciones futuras como Regula Sancti Benedicti, de 73 capítulos, algunos añadidos y modificados después por sus seguidores. Esta regla benedictina fue acogida por la mayoría de los monasterios fundados durante la Edad Media.
El principal mandato es el ora et labora, con una especial atención a la regulación del horario. Se tuvo muy en cuenta el aprovechamiento de la luz solar según las distintas estaciones del año, para conseguir un equilibrio entre el trabajo (generalmente trabajo agrario), la meditación, la oración y el sueño. Se ocupó San Benito de las cuestiones domésticas, los hábitos, la comida, bebida, etc. Una de las críticas que tuvo esta regla al principio fue la «falta de austeridad» pues no se refería en ningún capítulo al ascetismo puro sino que se imponían una serie de horas al trabajo, al estudio y a la lectura religiosa, además de la oración.
La regla daba autoridad de patriarca al abad del monasterio que al mismo tiempo tenía la obligación de consultar con el resto de la comunidad los temas más importantes. Los discípulos de Benito se encargaron de difundir la Regla por toda Europa y durante siglos (hasta la adopción de la regla de San Agustín por los premostratenses en el siglo XII y los dominicos en el siglo XIII), fue la única ordenanza a seguir por los distintos monasterios que se fueron fundando.
Siguiendo los preceptos, el hábito benedictino debía estar formado por una túnica y un escapulario, cubiertas ambas piezas por una capa con capucha. No se dice el color que deban llevar dichas prendas, aunque se cree que seguramente serían de la coloración de la lana sin teñir, que era lo más fácil en los primeros tiempos. Después, el color negro fue el predominante hasta que llegó la reforma de los cistercienses, que volvieron a adoptar el blanco; de ahí la diferencia que se hace entre monjes negros y monjes blancos, ambos descendientes y seguidores de la orden benedictina.
Carlomagno en el siglo VIII encargó una copia e invitó a seguir esta regla a todos los monasterios de su imperio. Dio orden de que los monjes se aprendiesen de memoria todos los capítulos para estar siempre listos a recitar cualquiera de ellos cuando así se lo demandasen.

miércoles, 10 de julio de 2013

Oraciones para todos

Señal de la Cruz
En el nombre del Padre                                                              
y del Hijo
y del Espíritu Santo. Amén.


Ángel de Dios
Ángel de Dios,
que eres mi custodio,
pues la bondad divina
me ha encomendado a ti,
ilumíname, guárdame, defiéndeme
y gobiérname. Amén.

El eterno reposo
Dale Señor el descanso eterno.
Brille para él la luz que no tiene fin.
Descanse en paz. Amén


Padre nuestro
Padre nuestro que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu Reino;
hágase tu voluntad
en la tierra como en el cielo.
Danos hoy
nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal. Amén



Ave María
Dios te salve, María,
llena eres de gracia;
el Señor es contigo.
Bendita Tú eres
entre todas las mujeres,
y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios,
ruega por nosotros, pecadores,
ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén


Gloria al Padre
Gloria al Padre  y al Hijo  y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.



Una oración en cada dedo

  1. El pulgar es el dedo más cercano a ti. Así que empieza rezando  por quienes están más cerca de ti. Son las personas más fáciles de recordar. Rezar por nuestros seres queridos es “una dulce obligación”.
  2. El siguiente dedo es el índice. Reza por quienes enseñan, instruyen y sanan. Esto incluye a los maestros, profesores, médicos y sacerdotes. Ellos necesitan apoyo y sabiduría para indicar la dirección correcta a los demás. Tenlos siempre presentes en tus oraciones.
  3. El siguiente dedo es el más alto, el medio. Nos recuerda a nuestros líderes. Reza por el presidente, los congresistas, los empresarios y los gerentes. Estas personas dirigen los destinos de nuestra patria y guían  a la opinión pública. Necesitan la guía de Dios.
  4. El cuarto dedo es nuestro dedo anular. Aunque a muchos les sorprenda, es nuestro dedo más débil, como te lo puede decir cualquier profesor del piano. Debe recordarnos rezar por lo más débiles, con muchos  problemas o postrados por las enfermedades. Necesitan tus oraciones de día y de noche. Nunca será demasiado lo que rezamos por ellos. También debe invitarnos a rezar por los matrimonios.
  5. Por último está nuestro dedo meñique, el más pequeño de todos los dedos, que es como debemos ponernos ante Dios y los demás. Como dice la Biblia “los últimos serán los primeros”. Tu meñique debe recordarte rezar por ti. Cuando ya hayas rezado por los otros cuatro grupos, verás tus proprias necesidades en la prospectiva correcta, y podrás rezar mejor por las tuyas
¿No te parece una hermosa sugerencia-catequesis del Papa Francisco?